Acerca de la Casa II: dinero, bienes y valores

Esta nota está dirigida solamente a un cierto ángulo o contenido de esta área del mandala. El tema a analizar será fundamentalmente el dinero y nuestra relación con él. Esotéricamente, el dinero es considerado como una energía que la humanidad deberá aprender a hacer circular en el planeta, del mismo modo en que lo hace la sangre en nuestro organismo. Se dice que ha sido creado por entidades espirituales, como un medio para que el hombre pueda conocer sus más grandes miserias y sus más prístinas virtudes. Gracias a él también aprende qué es el poder y cómo usarlo apropiadamente (tema plutoniano por excelencia). Podemos apreciar que la humanidad se encuentra en una trágica situación, ya que el dinero–poder está en manos de muy pocas personas, mientras que una enorme cantidad de seres humanos muere por inanición día tras día. Segón un dato estimativo reciente, varios miles de personas mueren de hambre en nuestro planeta ¡por minuto! Como, sin lugar a dudas, el cambio global sólo será posible gracias al desarrollo de la conciencia individual, analizar la Casa II puede sernos de gran utilidad. En esta área el dinero, como valor externo, está asociado a nuestros valores internos. Podríamos decir que «están anudados», dependiendo fundamentalmente nuestra abundancia o carencia del contacto conciente que tengamos con nuestros valores personales. De esta Casa se dice que contiene «todo aquello que permanece cuando todo lo demás nos ha sido quitado». Solemos utilizar como analogía la imagen de nuestro jardín interior, un sitio para cuidar, cultivar y embellecer, además de llevar a cabo las podas y fumigaciones que cada período vital nos exija. A partir del conocimiento y desarrollo de nuestra preciada riqueza interior, establecemos nuestra escala de valores, por la que entendemos la jerarquización con la que nos interrelacionamos con el mundo externo y con la vida en general. Los humanos nos movemos de acuerdo a órdenes jerárquicos que determinan nuestra conducta, nuestra ética y nuestro modo de vincularnos. Muchos de estos órdenes provienen de pautas preestablecidas determinadas por patrones socioculturales, que muy pocos individuos se atreven a cuestionar. Precisamente, el camino del héroe reside también en el cuestionamiento de estos patrones, para determinar desde ángulos espirituales, cuales son los verdaderamente valiosos, y por lo tanto merecedores de ser conservados, y cuales deberán ser derogados por la individualidad en proceso creciente. Si bien la compleja relación que el hombre mantiene con el dinero es planetaria, a los habitantes de este país, Argentina, se nos ha presentado un desafío aón mayor, que puede convertirse en una enorme oportunidad para aprender un poco más sobre este urticante tema.

Prácticamente todos los argentinos estamos ante la necesidad de ajustar nuestros presupuestos al máximo. Esto significa que deberemos evaluar cuidadosamente el modo en que utilizamos nuestros magros ingresos. Y he aquí la gran disyuntiva. ¿Cómo nos posicionaremos para efectuar esta evaluación? ¿Cuál será nuestra escala de valores y en qué estará fundamentada? Sin lugar a dudas hay ciertas prioridades que se refieren puntualmente a los servicios básicos, alimentación y demás. Estos items corresponden al reino de la materia, y deben ser incuestionablemente satisfechos, pero ¿consideramos acaso nuestras necesidades anímicas y espirituales tan importantes como las anteriores? No hay pautas claras. Será necesaria una tarea cuidadosa, que exigirá introspección y discernimiento para crear nuevas pautas y aprender a separar lo esencial de lo superfluo. Esta tarea será individual para luego integrarse a lo colectivo; estamos ante la oportunidad de madurar como individuos, haciéndonos responsables de nuestras decisiones, en lugar de buscar culpables o chivos expiatorios afuera. Muchísimas personas reaccionan con pánico y/o ira ante situaciones límite como las que estamos viviendo y olvidan una frase bíblica que dice: «A Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César». Esta frase nos muestra la compleja dualidad compuesta de materia y espíritu, que configura al ser humano y en la que todos estamos inmersos, tironeados y comprometidos evolutivamente. Cada uno de nosotros deberá encontrar su propio punto de equilibrio entre estos dos extremos; es en estos momentos de crisis cuando es necesario apelar al discernimiento para encontrar este punto equidistante entre el polo material y el espiritual. Muchas veces, con dolor y angustia, comprobamos que nada de lo que obtenemos en lo material nos brinda paz ni plenitud, si está disociado del mundo suprasensible y de la aspiración de continuar en el camino de encuentro y manifestación de nuestro Yo Superior. Es momento de reordenar y repautar nuestra escala de valores, contenido fundamental de la Casa II, y tomar esta crisis como una oportunidad de crecimiento, individual y colectivo. En este momento somos desafiados y conminados a reconsiderarla y evaluarla, peldaño a peldaño, y muy cuidadosamente. Al respecto de las crisis, dice Hugo Mujica «Lo cierto es que el hombre crece a saltos, salto a salto, combate a combate. Este fértil combate… cuando estalla… se llama crisis. Cuando da fruto, fecundidad. El tiempo de crisis es cuando la dureza se resquebraja, pierde su rigidez para ablandarse otra vez arcilla, barro, disponibilidad. Un nuevo comienzo, una altura nueva. Igual que un crisol, en nosotros la vida separa lo mezquino de lo noble, el cerrarse del entregarse, el miedo de la esperanza.» Es en la Casa II donde debemos llevar a cabo esta tares interna, de separar lo mezquino de lo noble; es en tiempo de crisis cuando se templan los individuos y se revelan las almas nobles. Ultimamente, hemos observado a personas muy carenciadas compartiendo generosamente lo poco que tienen, y en cambio, a otras con más recursos, cerrándose y replegándose sobre sí mismas por temor. El principio hermético de correspondencia que dice «Como es arriba es abajo, como es abajo es arriba», podría, por analogía, enunciarse también «Como es adentro es afuera, como es afuera es adentro», como un axioma de la Casa II. Si nos tratamos con mezquindad y temor, vallando con altos muros y alarmas nuestros bienes y propiedades, tanto internos y externos, obtendremos, como natural respuesta del mundo, hostilidad, desconfianza, rechazo y cerrazón. En cambio, si nuestro jardín interior es tratado con respeto y generosidad, si mantenemos nuestra conciencia focalizada en la cantidad de dones con los que hemos sido bendecidos, también la abundancia llegará desde afuera, y la confianza, apertura y entrega guiarán nuestros pasos en este difícil sendero evolutivo. En la Casa II está el sustrato de nuestra autoestima, fundamentada en la conciencia de nuestros valores y dones. Como en la parábola bíblica sobre los talentos, cada uno de nosotros es el ónico responsable de cultivarlos y engrandecerlos o dejarlos morir por falta de atención y cuidado. El desarrollo de las otras dos Casas de la Trinidad de Tierra, VI y X, dependen completamente del ampliamente y enriquecimiento de esta base (*). Muchas personas sienten con fuerza la necesidad de contribuir al bien comón; esta necesidad es satisfecha desde la plenitud de la Casa X, copa del Arbol de la Vida de nuestra Carta natal. Es aquí donde se brindan los frutos que han sido arduamente cultivados en la Casa VI, pero cuyas semillas fueron sembradas previamente en la Casa II.

Leonor Nietzschmann Julio 2002

(*) VI: Trabajo y salud

(X): Profesión y status

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