Venus los secretos de la Diosa

La mitología me atrajo desde que era casi una niña; luego la vida me presentó a la Astrología como un camino de autoconocimiento y finalmente, casi imperceptiblemente, ésta se convirtió en una profesión. Estas dos disciplinas, tan antiguas como el hombre, se unieron paulatinamente dentro mío, permitiéndome escudriñar dentro de los arquetipos (*). En esta nota nos adentraremos en el arquetipo de Venus o Afrodita: «el eterno femenino». Venus encarna a la belleza, el amor, las musas inspiradoras, la sensualidad y todos los sentidos, la seducción y la capacidad de goce, la receptividad y la contemplación. Es una energía profundamente vital que nos conecta con Eros, la pulsión de vida (en contraposición con Tánatos, pulsión de muerte). Este arquetipo, esencialmente femenino, también está presente en la psiquis de los hombres, constituyendo el ánima (*). De allí que los hombres «proyecten» su parte femenina en alguna mujer que la encarne para ellos y, en general, les resulte muy difícil poder conectarse internamente con lo venusino y expresar sus cualidades, salvo que sean artistas. Venus nos contacta con nuestra belleza interior, sin importar en absoluto cuál es «el estuche» que la envuelve, produciendo en nosotros una constante sensación de plenitud y construyendo una sólida autoestima. Nos conduce, gentilmente, hacia el amor propio, condición primera para poder amor a otros. ¿Cómo podríamos establecer una relación de reciprocidad amorosa si no estamos plenamente satisfechos y en amoroso vínculo con nosotros mismos? Desde la sensación de incompletitud y carencia establecemos relaciones simbióticas y dependientes, esperando siempre que «el otro» nos confirme que tenemos algún valor y que, además, complete nuestras carencias.

El símbolo astrológico de Venus:

Es muy parecido a un espejo de mano. El mito de esta diosa cuenta que ella caminaba haciendo que alguno de sus lacayos sostuviera siempre delante suyo un espejo, en el cual ella pudiera contemplarse. Era tan hermosa que dioses y mortales caían rendidos a sus pies y…ella lo sabía muy bien y se complacía en ello. Es frecuente que para referirnos a alguna mujer especialmente atractiva digamos: ¡es una diosa!, reconocemos en ella atributos especiales, que no pasan necesariamente por la belleza física. El mundo externo es nuestro espejo y ¿qué es lo que vemos reflejado allí?. Pues, nada más ni nada menos, que la imagen que tenemos de nosotros mismos. Si nos vemos poco agraciados, lentos y torpes, con mucho de esto y poco de aquello, y ¡lejos del modelo de belleza actual!… pues ésa será la imagen que el mundo nos devuelva día a día. Y el relacionarnos con los demás será un pequeño, cotidiano e íntimo infierno. ¿Cómo vamos a poder vincularnos desde el rechazo que sentimos por nuestra propia autoimagen? Tal como nos vemos, nos ven los demás. Todos conocemos a mujeres y hombres, muy alejados de los patrones corrientes de belleza, y que tienen una presencia tan radiante y carismática que los vemos irresistiblemente atractivos. ¡Y es porque ellos se sienten así! Su autoestima es alta y gozan de un saludable amor propio. El mito de Venus también cuenta que ella usaba un cinturón mágico que jamás se quitaba y que la tornaba irresistible. Cada uno de nosotros puede confeccionar su propio cinturón mágico, comenzando por aquella cualidad que más aprecie: tenerla siempre presente, cultivarla y apoyarse en ella en todas las circunstancias. Luego, el cinturón se puede ir enriqueciendo a medida que vamos contactando con otras cualidades que estaban en latencia y que, a medida que nos vamos conectando con nosotros mismos, se van desplegando, abriendo y exhalando su aroma. La Belleza no responde a patrones, moldes, modas y ni siquiera se refiere al plano físico. Es una cualidad intangible del alma, es sensibilidad, inteligencia, percepción y confianza. Y sobretodo está ligada a la noción de Verdad. Decían los antiguos griegos que lo bello es verdadero y lo verdadero es bello. Significa, entre otras cosas, que no hay nada más hermoso que una individualidad desplegada en su verdadera forma; hay tantas formas como individuos y todas, absolutamente todas, son bellas si son un reflejo de la esencia. Pero, ¿cómo podríamos aplicar esto en nuestra vida? A veces sugiero a mis consultantes que hagan una lista, lo más detallada posible, de sus «valores», o sea de todo aquello (físico, emocional y mental) que consideren valioso de sí mismos. Dedicarle un tiempo a la autoobservación minuciosa y amorosa de nuestras cualidades nos ayudará enormemente a confeccionar nuestro cinturón mágico y a que el espejo nos devuelva una bella imagen de nosotros mismos. Somos formados en la comparación y estimulados a emular logros ajenos; así nos resulta muy difícil desarrollarnos apoyados en nuestras propias ¡y valiosas! características. Copiamos, imitamos, competimos y nos desgastamos en una lucha sin cuartel…y sin sentido, ya que el único sentido posible es hacia y desde nosotros mismos. Convertirnos en dioses y diosas, con nuestros atributos concientes y exaltados; estimulando el desarrollo y la madurez de nuestras capacidades originalmente creativas, convencidos de nuestros propios valores…Todo esto haría la vida mucho más sencilla y armoniosa, ya que ¿qué necesidad tendríamos de competir y pelear si lo propio es tan valioso como lo ajeno? Y aquí está la llave: al re–conocernos, aceptarnos y apreciarnos, hacemos inmediatamente lo mismo con los demás; al no enjuiciarnos con dureza tampoco emplearemos esa rígida vara con los otros. Tal vez hayan tenido la suerte de conocer a alguna persona bien plantada: centrada, segura de sí, estable, confiable, armoniosa y…profundamente seductora. Tiene presencia y nos atrae tanto su calma interior que quisiéramos conocer su secreto: simplemente se ama a sí misma, porque se acepta y se reconoce como un ser único y original. La Diosa le ha revelado su secreto: el espejo le devuelve una imagen sonriente y seductora, y su mágico cinturón la torna irresistible.

Leonor Nietzschmann

(*) arquetipos: según Carl Jung son configuraciones energéticas (o moldes) que actúan como personajes independientes en nuestra psiquis inconciente.

(*) anima: aspecto femenino de la psiquis de un hombre; componente de su Sombra.

Ver video de Víctor Montoya

Dar como trabajo: EL ELEMENTO Y EL SIGNO INDICAN

1) Qué valora, qué lo/a atrae.

2) Qué disfruta, qué le produce placer

3) Qué imagen tiene del ánima un hombre, qué mujer lo atrae

4) Expresión de su esencia femenina, en una mujer.

5) Ejercicio: Venus en Leo en Casa VI. Venus en Capricornio en Casa XI. Venus en Géminis en Casa IV.

En la mujer Venus es completamente diferente al arquetipo lunar. La Luna busca bienestar emocional y seguridad en sus relaciones. Venus utiliza a su amante como si fuera un espejo.

Virgen – Virgo – soltera, que no pertenece a ningún hombre.

«Amar algo nos ayuda a entenderlo mejor». «Lo que nos parece hermoso define nuestros valores y nuestras necesidades» e impulsa a Marte a la acción. Ambos constituyen EROS.

Matices: crepúsculo, amanecer – CLIMAS Ella de hacer cargo de los potentes rayos solares, suavizándolos para que no nos incineren: la clorofila o sangre verde.

Doncella – Virgen: el capullo aún cerrado (leer del Kamasutra)

Puta: la que sólo se vende.

Prostituta: es una profesión.

Cortesana o geisha: sólo se ofrece al que tiene el gusto y el dinero suficiente para apreciarla.

Hetaira = sacerdotisa: cálices vivientes del goce y éxtasis divinos de la diosa. Eran iniciadoras sexuales de los hombres. Se entregaban a quien se les daba la gana.
*Define y conecta con el amor propio y con los propios valores.

Desde Libra nos enseña a elegir; desde Tauro a dar forma a los recursos internos para autosustentarnos = Casa II.

Autoestima, goce, placer, confianza en uno mismo conducen a la Confianza y al gozo jupiterianos.

En sombra: no saber qué se necesita, basarse en valores ficticios inculcados por la Luna; padecer de baja autoestima.

Siempre abierta: no compara ni se compara.

«La autoestima de Venus, que es más personal y está más centrada en el cuerpo que la autoexpresión del Sol, no puede ser reemplazada por los dones de ningún otro planeta. Si no podemos valorarnos a nosotros mismos, tampoco podremos valorar a los demás, ni siquiera a nuestros propios hijos.»

Si creemos que poco valemos, disponemos de poca capacidad para elegir. Un cuadro es «valioso». Belleza y prestigio (solar) otorgan valor. Presente (regalo) Presencia – la fragancia (pre esencia): implica 1) apertura 2) disponibilidad 3) aceptación

*Casa VII y la proyección de lo propio sobre el otro/a.

*Afrodita es amoral igual que Mercurio. El Hermafrodita. No tiene edad: es una cualidad del alma.

*Afrodita es descaradamente áurea, también ingeniosa y culta, no sólo bella. Su ética es la belleza. Las Tres Gracias, que estaban al servicio de la diosa eran: Resplandeciente, Fogosa y Floreciente.

*Comer la manzana: significa separarse de la simbiosis parental. Pero las religiones cristianas convirtieron a Eva en el símbolo de la concupiscencia y la responsable de la caída. La manzana produjo también la guerra de Troya.

*Rivalizar: «Si queremos alcanzar la libertad de valorar y de amar, debemos aprender a enfrentarnos con la rivalidad, porque si no, nos veremos perpetuamente acorralados en la posición de aceptar migajas en lugar de buscar y conseguir lo que anhelamos y necesitamos» «La rivalidad entre padres e hijos es un rito de pasaje que nos aguarda a todos, en mayor o menos grado, a medida que desarrollamos el aspecto venusino de nuestra naturaleza. Nos encontraremos con este problema durante toda la vida, porque allí donde hay deseo y atracción habrá también rivalidad.»

Luz del arquetipo: el cinturón – amor propio – conciencia y disfrute de los propios valores Capacidad de goce – seducción – facilitadota de todos los vínculos (vaselina)

Sombra del arquetipo: envidia por comparación – vanidad – frivolidad (Mercurio es superficial) – rivalidad – indolencia – hedonismo – narcisismo – barbies siliconadas –

Venus vs. Luna, cuando está en aspecto tenso en una Carta Natal. Diferencias entre el hombre y la mujer. Qué le pasa a una mujer cuando su hija se convierte en adolescente: Blancanieves y su madrastra. Envidia, celos y rivalidad extremas. También un padre puede sentir lo mismo hacia su hijo varón, pero en general, la rivalidad es solar más que venusina.

Símbolos: Azucenas y rosas. La granada, símbolo de madurez sexual ¡y la granada que explota! = las relaciones complejas. La paloma.

La meretriz y el arte de amar: la transformación de la libido pulsante y primaria, en refinamiento gracias a la fantasía y a la imaginación. La seducción (ver mi artículo): el hombre tiene la necesidad de realzar, embellecer y adornar. Así la palabra se convierte en poesía, el color en la recreación de la forma, y el sonido en melodía.

En un hombre ––––––––––––––––En una mujer––––––––––––––

Aspectos: si tuviéramos a Venus en luz, le brindaría sus cualidades a todos los planetas a los tocara en forma tensa. Pero como no puede forzar

En Casas y Signos revela que apreciamos y valoramos. «Es el qué».

Leer Wu Wei para Casa XII

Sobre la confianza que debe inspirarse a una muchacha

En los tres primeros días siguientes a la boda, la muchacha y su marido dormirán en el suelo, se abstendrán de placeres sexuales y no sazonarán sus alimentos con especias ni con sal. Durante los próximos siete días se bañarán envueltos en los acordes de instrumentos musicales propicios, se engalanarán, comerán juntos y atenderán muy cumplidamente a cuantas personas hayan asistido a la boda. Esto es aplicable a personas de todas las castas. En la noche del décimo día, el hombre comenzará a hablarle con dulzura en un lugar solitario, para inspirar confianza a la muchacha. Algunos autores opinan que, para ganársela, no ha de hablarle durante tres días, pero los seguidores de Babhravya consideran que, si un hombre guarda silencio durante tres días, ella puede disgustarse al verle tan inanimado como una columna y, desilusionada, empezar a despreciarlo como a un eunuco. Vatsyayana dice que el hombre debe comenzar a ganársela inspirándole confianza, pero absteniéndose al principio de los placeres sexuales. Al ser las mujeres de dulce naturaleza, quieren que se las aborde con dulzura. Si han de sufrir el asalto brutal de un hombre al que apenas conocen, a veces repentinamente comienzan a odiar el acto sexual, y a veces hasta el sexo masculino. El hombre debe aproximarse a la muchacha con los miramientos requeridos y empleando procedimientos capaces de inspirarle cada vez mayor confianza. Estos procedimientos son los siguientes: La abrazará por primera vez como a ella más le agrade, ya que esto no dura mucho. La abrazará contra la parte superior de su cuerpo, puesto que es más fácil y más sencillo. Si la muchacha es mayor, o si el hombre la conoce desde hace tiempo, puede abrazarla a la luz de una lámpara; pero si apenas la ha tratado o es muy joven, la abrazará en la oscuridad. Cuando la muchacha acepte el abrazo, el hombre pondrá en su boca una támbula o mezcla de areca y hojas de betel, y si ella la rehusase, la inducirá a hacerlo por medio de palabras conciliatorias, ruegos, juramentos y arrodillándose a sus pies, puesto que es una regla universal que ninguna mujer, por furiosa o asustada que esté, es capaz de desairar a un hombre que se arrodille a sus pies. En el momento de darle la támbula, la besará dulce y graciosamente en la boca sin emitir sonido alguno. Una vez conseguido esto, la hará hablar, y para inducirla a hacerlo, la interrogará sobre cosas que ignore o simule ignorar y que puedan ser respondidas con unas pocas palabras. Si ella no le hablase, no la intimidará, sino que repetirá, sino que repetirá lo mismo en un tono conciliador. Si tampoco así hablase, la urgirá a hacerlo, puesto que, según Ghotakamukha, «todas las muchachas escuchan lo que les dicen los hombres, aunque a veces no digan una palabra». Asediada de este modo, la muchacha responderá con movimientos de cabeza; pero si ha reñido con el hombre, no hará siquiera eso. Cuando el hombre le pregunte si le agrada o lo desea, permanecerá silenciosa largo rato, y cuando al fin se vea obligada a responder, lo hará afirmativamente con un movimiento de cabeza. Si el hombre conociese de antes a la muchacha, conversará con ello por medio de una amiga que le sea favorable y de la confianza de ambos, y que lleve la conversación entre los dos. En este caso, la muchacha sonreirá con la cabeza gacha, y si la amiga dijese más de lo que ella deseaba, la regañará y discutirá con ella. La amiga dirá en tono de broma incluso lo que la muchacha desearía que no dijese, añadiendo: «Ella opina así», a lo cual la muchacha replicará vaga y graciosamente: «¡Oh, no! No he dicho eso», y sonreirá mientras dirige una mirada furtiva hacia el hombre. Si la muchacha conoce bien al hombre, sin pronunciar palabra, pondrá a su lado la támbula, el ungüento o la guirnalda que él hubiese solicitado, o los ocultará en la parte superior de su vestido. Mientras lo hace, el hombre tocará sus jóvenes senos, oprimiéndolos delicadamente con las uñas, y si ella tratara de impedirlo le dirá: «No volveré a hacerlo si me abrazas», induciéndola así a hacerlo. Mientras ella lo abraza, pasará su mano una y otra vez por distintas partes de su cuerpo. Luego la sentará en sus rodillas y tratará de ganar poco a poco su consentimiento, y si ella no se entregara, la asustará diciéndole: «Dejaré marcas de mis dientes y uñas en tus labios y tus senos, y haré otras similares en mi propio cuerpo y contaré a mis amigos que fuiste tú quien las hizo».

De éstas y otras maneras, como se despiertan el temor o la confianza en el ánimo de los niños, el hombre conseguirá someterla a sus deseos. Durante la segunda y tercera noches, a medida que la confianza se acrecienta, la acariciará con las manos y besará todo su cuerpo. También pondrá sus manos sobre sus muslos y los acariciará, y si esto sale bien, acariciará después las junturas de sus muslos. Si ella trata de impedírselo, le dirá: «¿Qué hay de malo en ello?», y la persuadirá para que lo deje hacer. Una vez dado este paso, tocará sus partes íntimas, aflojará su cinturón y el lazo de su vestido y, alzando su parte inferior, le acariciará la ingle. Debe hacer todo esto con diversas excusas. A continuación, ha de enseñarle las sesenta y cuatro artes, contarle cuánto la ama y describirle las esperanzas que había concebido respecto a ella. También le prometerá fidelidad y disipará sus temores acerca de posibles rivales y, por último, tras haber vencido su timidez, empezará a disfrutar de ella de manera que no la asuste. Todo esto es necesario para despertar la confianza de una muchacha, y sobre el tema se han escrito estos versículos: «Un hombre que actúe según las inclinaciones de una muchacha procurará conquistarla de modo que ella pueda amarle y concederle su confianza. Esto no se logra siguiendo a ciegas las inclinaciones de una muchacha, ni oponiéndose totalmente a ellas, sino mediante la adopción de un término medio. Quien sepa hacerse amar por las mujeres, así como cuidar su honor e inspirarles confianza, ése tiene el amor asegurado. Pero quien abandona a una muchacha porque la cree demasiado tímida, es despreciado por ella como una bestia que ignora el funcionamiento de la mente femenina. Más aún, una muchacha poseída violentamente por alguien que no comprende los corazones de las muchachas, se siente nerviosa, inquieta y afligida, y repentinamente comienza a odiar al hombre que se aprovechó de ella. Y como su amor no ha sido comprendido o correspondido, se hunde en el abatimiento y empieza a odiar a la humanidad o, al detestar a su marido, recurre a otros hombres».

(El KamaSutra de Vatsyayana)

La belleza siempre es más fuerte

Rosa Montero (publicado en Clarín 17/7/06)

(Han sido seleccionados los párrafos apropiados para Venus) Es una historia tan hermosa y un personaje tan literario que todo el relato parece inventado. De hecho, Borges escribió un famoso texto sobre el tema (Historia del guerrero y de la cautiva)…no es un producto de la imaginación del escritor, sino que su peripecia fue narrada por el historiador latino del siglo VIII, Paulo el Diácono. Droctulft era un guerrero bárbaro, un lombardo de ancho pecho y fuertes brazos habituado a matar. La leyenda le designa caudillo de otros bárbaros tan fieros como él, con quienes asaltó y asoló la ciudad italiana de Rávena. Imagino la violencia del combate, la ciega crueldad del afilado acero, el griterío entremezclado de furia y de dolor… Y, de repente, la revelación. Droctulft, bárbaro ignorante, entra a sangre y fuego en Rávena y descubre la belleza de la ciudad. Nunca había contemplado nada igual y la visión le fulmina. El bruto ignorante pierde su ignorancia y su inocencia, y en ese mismo momento deja de ser bárbaro. Cambia de bando y muere combatiendo a sus antiguos compañeros para defender la integridad de la urbe. Estoy convencida de que el ansia de belleza es una necesidad básica en el ser humano, un ingrediente esencial de la existencia por el que somos capaces de arriesgar nuestras vidas. La belleza es un impulso de armonía que nos trasciende, que nos rescata de la nadería de nuestras pequeñas muertes, que nos ofrece una intuición o un espejismo del sentido capaz de ordenar el desesperado caos del vivir. Todos llevamos dentro esa potencialidad para la belleza, desde los individuos más refinados a los más incultos, y lo triste es que vivimos por lo general unas existencias embrutecedoras, feas vidas que mutilan nuestra predisposición hacia lo hermoso. Creo firmemente que muchos de los problemas de violencia que asolan el mundo se originan en vidas aplastadas por una fealdad constante. Vidas que no pudieron desarrollar el impulso innato de belleza… Con todo esto quiero decir que Droctulft no descubrió lo hermoso en Rávena, sino que lo encontró, porque lo estaba buscando aún sin saberlo. Al ver los soberbios edificios, las pinturas, las esculturas, debió reconocer esa sensación sobrecogedora y turbadora que sin duda había experimentado en alguna ocasión al observar, por ejemplo, un atardecer especialmente espléndido. Hablo de la dolorosa y agudísima intuición de que, más allá de todo cuanto componía su vida, del hierro y de la sangre, del botín y la gloria militar, había algo más, algo emocionante y enorme que se le escapaba, que no atinaba a atrapar ni comprender. Fue ese algo grandioso lo que salió a su encuentro en Rávena, respondiendo de golpe sus preguntas incluso antes de saber formularlas. En su ciega vida de bárbaro no había visto jamás nada tan conmovedor, de manera que murió para defenderlo, es decir, por defender sus buenos sentimientos. Y con ello consiguió la eternidad. Porque si hoy aún seguimos hablando de Droctulft no es por sus méritos guerreros, sino porque un día supo detener su espada en alto.

Y mirar, y entender, y dejarse herir por la belleza.

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