Plutón y la jungla

No por trillada es menos eficaz la imagen de nuestra sociedad convertida en una jungla, donde el instinto de supervivencia juega un papel determinante. He relacionado a Plutón con este instinto básico del reino animal, porque en el hombre funciona «disfrazado» con diferentes máscaras socioculturales y en un nivel no siempre consciente. A diferencia del animal el ser humano acopia más de lo que necesita simplemente porque está atemorizado ante todas las fuerzas – telúricas y humanas – que escapan a su control (palabra específicamente plutoniana). Sólo basta con observar cómo nos movemos con el dinero. ¿Cuántas personas consideran que ya tienen suficiente y vierten el excedente sobre la sociedad? El verbo – acción verter nos acerca la figura del Aguador, imagen de Acuario, el signo de la Gran Fraternidad Universal. Si bien es la Luna la principal dispositora de nuestra capacidad de detectar amenazas y de procurarnos los nutrientes indispensables, es Plutón, el oscuro Maestro del Poder, el que se mueve en nuestras sombras apretando alarmas, buscando chivos expiatorios, frustrando la satisfacción del deseo (para Plutón nunca nada es suficiente, ya que siempre anhela todo) y acrecentando niveles de furia y odio que resultan insoportables para nuestro nivel consciente. Se suele utilizar la energía plutoniana para destruir todo lo que no se puede poseer o controlar. «Si yo no puedo ser su dueño/a es preferible que se muera». Por supuesto, nos estamos refiriendo a lo que sucede cuando aún no se ha logrado cierta autosuficiencia en los siete peldaños de la pirámide caldea (1), ni se ha contactado con Kirón, el Maestro de la autosanación.

La observación, como astróloga docente y consultora, me ha convertido en un testigo, a veces silencioso, de los sucederes, a la que sumo la autoobservación (lo más rigurosa posible), que también me sirve de fuente inspiradora y reveladora. En este artículo utilizaré nuevamente a la analogía, como preciosa y precisa herramienta, ya que nos permite tender puentes entre los diferentes reinos que configuran las formas. La propuesta es que cada lector (y yo me incluyo) practique una especie de juego de autoanálisis para descubrir en cual de estos especímenes se encuentra reflejado. Quiero destacar la palabra juego ya que implica una predisposición lúdica, con la consiguiente cuota de humor y de tolerancia, ante los errores y horrores que puedan surgir ante nuestra mirada. En el reino de Plutón se nos exige, como óbolo indispensable para poder acceder a él, contar con las preciadas monedas de la humildad, la valentía y la confianza. Cualidades imprescindibles para poder hacer una inmersión profunda en los meandros del propio inconsciente, que además, están estrechamente conectados con los del inconsciente colectivo.

Vayamos entonces a la jungla (análoga a nuestra sociedad), y sepan comprender que para satisfacer ciertas analogías, tal vez trasladé a algún animal fuera de su territorio. Al primer animal que avisté fue a la mofeta o zorrino, muy parecida, en este caso, a los sapos venenosos. Estos animalillos se ocupan en orinar sobre todo lo que no pueden comer (ciertos sapos dejan un rastro de baba venenosa), arruinando la comida para sus semejantes u otras especies. ¡Cuidado con la mofeta! Es un bello animalito (lo que lo torna muy peligroso), tanto que toma desprevenido al transeúnte, que se acerca, descuidado a acariciar su sedoso pelaje. Se deja acariciar hasta que ¡zas! dispara su chorro pestilente, sin previo aviso. Siempre da en el blanco, pero además su hedor se extiende, contaminando todo a su alrededor por largo tiempo. Si alguien ha desarrollado la personalidad mofeta, entonces dirá – pensará, ante lo que no entendió o le resulta imposible de hacer: ¡Seguramente que «ésto» es una porquería! ¡No perderé más mi valioso tiempo con estas estupideces! ¡Este idiota no sabe lo que dice – hace! (etc., etc.) mientras despectiva y envidiosamente lo rocía con orina (o sea que se lo cuenta a todo aquel que se le cruce por camino, manchando y contaminando a otras personas). Olvidaba agregar que las mofetas son profundamente envidiosas porque están intoxicadas por el despecho. ¡Es tan notoria la personalidad mofeta – zorrino! Sólo al usuario le pasa inadvertido el propio hedor: inevitablemente terminan solos, ya que los demás aprenden a detectar las señales, una vez que han soportado la orina fatal sobre el propio territorio. En la jungla también están las avispas que aguijonean sin piedad al inoportuno que se atrevió a acercarse a su nido (el famoso «nido de avispas»). Pueden ocasionar la muerte del desprevenido visitante. Algunas avispas perecen en el ataque: las mata su propio espíritu agresivo; pero otras, mucho más poderosas, son capaces de rehacer su ponzoñoso aguijón, mientras permanecen resguardadas dentro del avispero. Y allí están, listas para atacar nuevamente apenas imaginen que están siendo agredidas. Aunque convengamos que, por lo menos, se anuncian con su molesto zumbido. Ambos, mofeta y avispa, son técnicas decididamente femeninas, pero que usan ambos sexos. La mejor defensa antes estos predadores disfrazados es estar prevenidos, convirtiéndonos en observadores de sus movimientos.

Ser testigos – Mercurio – sin involucrarnos emocionalmente en sus sinuosos movimientos. La ley del Karma siempre opera: acción y reacción. Las consecuencias de sus acciones tarde o temprano los alcanzarán, y generalmente el resultado es la marginación y la soledad. Observamos ahora a los paquidermos. Estos pesados, y a veces torpes, animales actúan enloquecidos por los aguijones de las avispas, los chillidos de los monos (ya los analizaremos) o el hedor de las mofetas. Saltan y corren aplastando todo con sus poderosas patas y sus pesados corpachones. Ellos, justamente los más fuertes… en apariencia, se convertirán en el blanco de la metralla del fusil del cazador. O del guardián de los sembradíos, que no permitirá que sea aplastado el fruto de sus esfuerzos. Pondrán su pecho…inconscientes también de la furia que han acumulado, y que los convierte en fáciles y obvios chivos expiatorios, también conocidos como «cabezas de turco». Y así, el pobre paquidermo paga por todos… Porque después de todo ¿alguien vio adónde se ha escondido la mofeta (la frondosa espesura da para todo)? ¿O hacia donde volaron las avispas (tan diminutas ellas)? Zorrinos, sapos venenosos, avispas y paquidermos padecen en esta analogía de resentimiento, porque su deseo (infantil) ha sido frustrado. Cuando hay un déficit de Saturno (el estado adulto que puede aceptar límites, propios y externos), Plutón actúa desde el ello (2), furioso, que no tolera frustraciones.

Esta hirviente entidad de nuestra psiquis, que constituye una buena parte de nuestra sombra, acumula un feroz odio que se va nutriendo con las sucesivas frustraciones que todas las personas sufren apenas nacen (no siempre el pecho de mamá estuvo a nuestra disposición cuando lo exigíamos, chillando enrojecidos). Alcanzado el estado adulto, propio de un Saturno bien constituido e integrado a la pirámide caldea ya mencionada –¡y esto no depende de la edad!–, el ser humano es capaz de soportarlas, porque comprende que, en cierta medida, significan un límite, un impedimento, que puede ser temporal o definitivo (tendrá que discernir cual de ambos). Pero que, aunque sea momentáneamente, tendrá que aceptar. Muchas veces estos límites tienen la función de movilizar aspectos nuestros aún no desarrollados. Las personalidades débiles – inmaduras, en cambio, viven sometidas al miedo, al juicio y la culpa, propia o ajena, que se convierten en un atajo o laberinto sin salida. Sólo podrán encontrar la salida desde el autoconocimiento y la autoaceptación. Algunas de estas personalidades mutan en zorrinos, otras en avispas, y otras cuantas en monos o paquidermos. Y muchas, muchas, permanecen como ovejas…Pero aún no llegó su turno. Ya nos ocuparemos de ellas. Los monos chillones y el síndrome de Pedro y el lobo. Estos animales viven chillando todo el tiempo y saltando de árbol en árbol. Algunas veces sus chillidos verdaderamente anuncian a un predador, pero otras sólo chillan por chillar. Están acostumbrados a decibeles que ningún corazón sensible resistiría: radios y televisores a todo volumen, toda la información de último momento disponible para saber cómo cuidarse, cómo prevenirse de…vaya uno a saber qué. Están enterados de lo que ocurre en todas partes del mundo, aunque permanezcan completamente ignorantes de sí mismos. ¡Ah! Y no olvidemos las alarmas de autos y casas, que chillan, graznan y aúllan, alcanzando insoportables decibles, muchas veces porque pasó la cola de algún gato por el detector de intrusos. ¿Son capaces de detectar al verdadero enemigo? Imposible. Porque siempre está dentro: es lapropia Sombra, que, proyectada sobre el mundo externo, ve fantasmas y amenazas en todo ser viviente que se aproxime. ¡Cuántos cumplen la función del mono chillón! ¿Recuerdan el famoso efecto 2000 que, se afirmó, anularía todo el sistema informático del planeta? Y nos quedaríamos sin luz, sin agua, sin… ¿Qué sucedió? ¡¡Nada!! ¿Cuántos se hipotecaron para prever estos imaginarios cataclismos? ¿Cuántos hipotecan, por miedo, sus vidas? Pasemos ahora a analizar a los animales carnívoros. Sabemos que deambulan por la jungla dos tipos de carnívoros: los carroñeros y los predadores. Los primeros se alimentan de los despojos que dejan los que cazan su propia comida: nunca se procuran la propia. El predador es ostentosamente visible y sus posibles víctimas chillan y graznan desde los árboles, anunciando su presencia, así los cascos veloces emprenden la huida. Los otros, en cambio, esperan agazapados en las sombras, acechando para tragarse los despojos apenas se han retirado los grandes carniceros. Finalmente, los gusanos y otros insectos terminarán con los restos. En el reino animal la recolección de residuos (carroñeros y demás) preserva la vida. En cambio, el hombre centrado puede elegir su función en la ecología del sistema. Y si es un recolector consciente, entonces cumplirá su función con dignidad.

¿Pero porqué muchos se conforman con sobras o migajas? ¿Porqué no procurarse dignamente los propios nutrientes? ¡Que nunca se reducen a lo material!. Hércules, el héroe, el iniciado, escucha siempre de los labios de su Maestro: «Oh, Hércules, eres un hijo de hombre y un hijo de Dios» Los animales desempeñan naturalmente las diferentes funciones que aseguran el equilibrio en el ecosistema de la Naturaleza. Pero el hombre puede estar un paso más allá, si puede desprenderse de la ciega pulsión instintiva por sobrevivir, que en el animal es una función sagrada porque apunta a la preservación de cada especie. Este instinto, desconectado de la totalidad (que siempre incluye a la espiritualidad), condena al hombre a medrar, convertido en una sombra que vaga por oscuros laberintos, muy parecidos al Hades o infierno de los griegos. Si cada uno pudiera reconocer la función que está llevando a cabo, generalmente a pesar suyo ( personalidad mofeta, avispa, paquidermo, etc.) dejará de proyectar sobre los demás, a los que condena a ser sirvientes – telones – perchas…si es que estos asumen este rol , que sólo puede ser aceptado desde la propia inconsciencia. Preservar el instinto, cuidar a nuestro animal interior – Kirón –, nos será muy útil para detectar a la mofeta, al predador, al mono alborotador, también en nosotros mismos. Si Plutón permanece en un nivel de inconsciencia, donde el individuo lo porta sobre su espalda (visible para todos menos para él/ella), es un arma letal. Manipulado por el arrogante ego –Sol (3) (en un nivel primario) el poder queda reducido a una simple expresión egoica. Aquí podemos recordar al Quinto Trabajo de Hércules, donde su Maestro lo envía a matar al león de Nemea: una poderosa personalidad que asola a toda una comarca, matando y devorando a su paso. Estas fuertes personalidades arrastran a los egos débiles y poco estructurados. Ellos forman la manada de ovejas, que bala asustada y está dispuesta a seguir a cualquiera que la arree, no importa hacia donde. Estos individuos se convierten en verdaderos rehenes en las luchas sin sentido por el poder. Además, todas las manadas sufren a un perro guardián, que, implacable, las acosa con mordidas en las patas apenas se desvían un poquito de la huella trazada. Pero ¿qué cuota de poder puede soportar el ego sin morir en el intento?

Creo que fue Oppenheimer, el padre de la bomba atómica, quien dijo que el hombre había despertado un poder que no soporta, pero del que no puede deshacerse. El verdadero poder sólo puede ser ejercido por el Ser o Yo Superior, que ha constituido un Sol autocentrado y autoconsciente, porque responde a las Leyes – Saturno –; porque humildemente inclina la cabeza ante lo que no entiende, cuando la señal proviene de las Jerarquías. Porque sabe, además, discernir si la señal proviene de ellas o son simples cuestiones egoicas. Porque ha unido, como el cuerno del unicornio, el poder de la inteligencia con el amoroso poder del corazón (4). Sólo el amor rescata al hombre de los macabros juegos de poder, que lo arrastran (y también a la manada) hacia la propia destrucción. Mercurio es el testigo de todo lo que ocurre, y tiene la misión de informar a su padre, Zeus – Júpiter, para que éste ejerza la justicia. Nada queda sin purgar; y aún cuando el ego declame discursos grandilocuentes, Dios, se sabe, lee en los corazones. Sobrevivir excluye la posibilidad de vivir con plenitud y gracia. El hombre consciente abre su pecho a la vida y a todo lo que ella le acerque, porque, conociendo las leyes, confía en que siempre se le brindará lo que precisamente necesita…aunque no sea lo que prefiera.

Leonor Nietzschmann
Directora de Escuela de Astrología Zona Norte

(1) Los siente peldaños son: Luna, Mercurio, Venus, Sol, Marte, Júpiter y Saturno. Si no se ha llegado hasta Saturno, que corona la cúspide de esta pirámide, al sujeto pueden ocurrirle cosas semejantes a las que citamos en este artículo.

(2) Según Carl Jung el ello es un poderoso reservorio de energía psíquica con el cual nacemos, y que luego será necesariamente domeñado (por lo menos su parte periférica) por el inevitable o indispensable proceso sociocultural. Se puede analogar con el magma hirviente que, desde las entrañas de nuestro planeta, cada tanto produce erupciones volcánicas o terremotos (análogos a los actos fallidos o compulsiones).

(3) El Quinto trabajo está relacionado con Leo, siendo el Sol su regente. La solaridad, cuando está al servicio del ego, se convierte en vanidosa, soberbia y fatua.

(4)Ver el décimo trabajo de Hércules: «Matando al Can Cerbero».

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