Los ciclos vitales de la mujer: la vieja sabiduría lunar

Las mujeres estamos recuperando, lenta y paulatinamente, arcaicos conocimientos que nuestras predecesoras conocían muy bien. Desde fines del siglo pasado estamos transitando por una etapa eminentemente feminista, que respondió a la necesidad de reaccionar ante el patriarcado que ha dominado al planeta durante mucho, demasiado tiempo. Sin embargo el feminismo ha hecho que las mujeres empuñemos armas masculinas para salir a pelear por nuestra condición humana y para reclamar iguales derechos y oportunidades. En muchas culturas la mujer era (y aún sigue sucediendo) considerada un ser inferior, relegada sobretodo a funciones reproductivas. Sin lugar a dudas, el lograr ejercer control sobre la natalidad ha colocado a nuestro sexo en ¿pie de igualdad? con los hombres. Los signos de interrogación indican que no creo en la igualdad de los sexos. Todo lo contrario; me maravillan sus diferencias, porque nuestra posibilidad de encuentro y de complementación existe gracias a ellas.

Las mujeres estamos amasadas con oscura tierra y plateada luna. Unimos la fertilidad de la primera con los rítmicos giros de la segunda alrededor del planeta; nuestras ovulaciones siguen al ciclo lunar de veintiocho días y un embarazo contiene a nueve lunas.
Lo femenino, genéricamente hablando, tiene una energía circular, rítmica, de contornos delicados y sin contrastes abruptos, con los matices del crepúsculo y de la noche, y sus principales características son la receptividad, la serenidad, la aceptación y la contemplación.
Nos representan dos arquetipos: Venus, la diosa de la belleza, del amor y musa inspiradora de los artistas; y la Luna, la madre, lo que cuida, nutre y protege. En cambio lo masculino tiende a ser rectilíneo, activo, frontal y penetrante; se relaciona más fácilmente con el hacer y el pensar (la razón). Está representado por los arquetipos de Marte, el dios de la guerra y el Sol, su majestad el rey. Las mujeres vamos hacia el hacer desde el sentir y la intuición, pero hemos «aprendido» a desoír estas voces naturales para copiar, con relativo éxito, los atributos masculinos. Es fundamental recordar que, siguiendo la teoría de individuación de Carl Jung, no hay mujer completa si no tiene conciencia de su animus (componente masculino de la psiquis de una mujer), así como no hay hombre completo sin que haya integrado a su anima (componente femenino de la psiquis de un hombre).
Esto significa que fundamentadas en nuestra esencia femenina debemos desarrollar algunos de los atributos masculinos para poder establecer vínculos maduros y armoniosos; de lo contrario, las cualidades enumeradas pasan a ser deplorables defectos, tales como inercia, abulia, miedo a actuar o sometimiento. Afortunadamente, ya hace algunos años que ha comenzado, en distintas partes del mundo, un movimiento de recuperación de cualidades y atributos eminentemente femeninos que se identifican con el nombre de «culto a la diosa».
Mujeres como la psicoanalista junguiana Pinkola Estés, autora de «Mujeres que corren con lobos», psicoterapeutas, artistas, terapeutas corporales, etc., están trabajando activamente para ayudar a sus congéneres a volver a las fuentes originales de lo femenino. Se han perdido, en la noche de los tiempos, aquellos ritos iniciáticos donde las mujeres más viejas y más sabias, enseñaban a las jóvenes la manera de transitar por las diferentes etapas de su desarrollo vital.
Ahora disponemos de mucha información y de muy poca contención sensible. Hemos dejado en manos de los hombres ¡hasta nuestra manera de parir!. Atadas en camillas y en posición horizontal, no podemos sumar a la fuerza de nuestro cuerpo la acción de la gravedad, para pujar y sacar a nuestros hijos hacia la vida. Y lo hemos aceptado por ignorancia y por temor.
Es alentador y reconfortante que estén surgiendo tantas mujeres bien pertrechadas para guiarnos hacia el retorno de nuestras fuentes. Me refiero a que este «despertar está en manos de mujeres formadas profesionalmente, que disponen de un importante bagaje intelectual, aunado con la sensibilidad, receptividad, intuición y capacidad de cuidar y de nutrir que caracterizan a nuestro sexo.
Desde las dos últimas décadas del siglo XX las mujeres estamos «retornando a las fuentes», reconociendo y apreciando nuestros genuinos atributos, de los cuales la delicadeza de espíritu y el respeto por «lo diferente» ocupan un lugar destacado. Las mujeres deberíamos danzar la vida, siguiendo gentilmente sus pulsos. Cada etapa biológica femenina tiene su propia cadencia, su propio ritmo; es una invitación a ocupar un espacio nuevo. Después del Primer portal, el del nacimiento, las mujeres tenemos por delante cuatro Portales iniciáticos más: pubertad, iniciación sexual (desfloración), maternidad y menopausia. Cada uno de ellos tiene connotaciones biológicas, emocionales y psíquicas, pero lo más importante es que responden y acompañan al desarrollo espiritual de lo femenino. Entendemos por Portal el pasaje a otra instancia nueva.
Al transponerlo algo queda atrás, y algo completamente nuevo y desconocido, comienza.

Cada cambio biológico o pasaje contiene en sí mismo una pequeña muerte, la de la etapa anterior; y es acompañado por el inevitable temor a lo desconocido; de allí la suprema importancia de la guía y el consejo de las más sabias, de las ya iniciadas. Los humanos solemos temer a lo desconocido porque no hemos sido educados para apreciar los cambios que acompañan al devenir, sino para aferrarnos a cada forma conquistada. Los cambios femeninos se suceden rítmicamente y en edades más o menos precisas y, mucho, mucho tiempo atrás, cada etapa indicaba una celebración especial. El segundo Portal, el de la pubertad, marca el fin de la infancia y el comienzo de la adolescencia, y se inicia con la menarca (primera menstruación) indicadora de que los procesos hormonales han culminado con la maduración de los ovarios. Podríamos usar la imagen de un capullo de rosa que, a partir de aquí, se abrirá gradualmente, pétalo a pétalo. La niña se asoma al mundo de la mujer.

En las antiguas tradiciones druidícas1 y en la mayoría de las culturas aborígenes las niñas eran preparadas, acompañadas y contenidas por mujeres adultas, con rituales y purificaciones, y además se celebraba con fiestas y alegría su ingreso a la pubertad. Hasta que se comenzó a considerar impura a la mujer que menstruaba, debiendo quedar recluida en sus habitaciones (si es que las tenia). Así lo que era una celebración se convirtió en melancolía y vergüenza. Y lo que era natural y vital, se convirtió en molestia y dolor. Muchas veces he pensado que las tan temidas anorexia y bulimia, frecuentes sobretodo en las adolescentes y que traen como consecuencia inmediata la supresión de la ovulación, no son otra cosa que terribles expresiones de ignorancia de los ciclos vitales femeninos. Si no conllevan una negación a dejar atrás la infancia para aventurarse en el desconocido y misterioso mundo femenino. En realidad, las adolescentes no tienen modelos auténticos para imitar. Las imágenes que difunden los medios son de mujeres «siliconadas», de cuasi esqueletos o de marimachos competitivos…salvo muy honrosas excepciones. Creo que las mujeres adultas tenemos una gran responsabilidad con las jóvenes, y es imprescindible que nos desembaracemos de prejuicios y tabúes lo más rápidamente posible para buscar la manera más adecuada de recuperar nuestra esencia. El primer contacto sexual nos introduce a través del tercer Portal; ahora la rosa está abierta y lista para ser fecundada, sin que esto implique necesariamente la maternidad. La fecundación tiene relación con el ser «rica y pródiga» en creatividad, sensibilidad y talentos propios, necesitando, de manera indispensable, del aporte e inclusión de lo diferente. (Ver más adelante: Principio de generación). Lamentablemente a la iniciación sexual se la llama «pérdida de la virginidad o desfloración» dejándonos con la sensación de que hemos perdido realmente algo valioso (el himen), cuando, en realidad, nos hemos iniciado en el mundo sagrado de la intimidad amorosa, del goce y de la completitud. Este debiera ser un proceso gradual y de mutua comprensión y respeto.

En la antigüedad también existían las mujeres sabias que preparaban a la «virgen» para este primer encuentro, ungiéndola como tal y disipando sus temores, y en algunas tribus hasta elegían al hombre adecuado, por conocimiento y sensibilidad, para llevar a cabo esta iniciación, que no era necesariamente su futuro marido. Desde Oriente nos llega ese extraordinario manual de erotismo llamado «Kamasutra», con todo tipo de consejos y reflexiones para los amantes y el arte de amar. La sexualidad plena incluye la fusión de dos cuerpos, de dos almas, de dos seres que, por un breve momento, dejan de estar aislados. Al orgasmo se lo llama «la pequeña muerte», significando la muerte y trascendencia del ego, porque éste suelta el control y se entrega. En el tantrismo hindú la actividad sexual es una manera de acceder al todo, a Dios; el hombre y la mujer se preparan para darse placer mutuamente y fundirse el uno en la otra para trascender así la polaridad o dualidad y convertirse «en uno». Entre los siete principios herméticos del Kybalion2, está el de generación que dice: «La generación existe por doquier; todo tiene sus principios masculino y femenino». Se señala que la sexualidad está presente en toda creación, física, mental o espiritual, y que cada ser contiene en sí mismo los dos elementos, y añade: «Para el puro todas las cosas son puras; para el ruin todas son ruines».

Desde la menarca, cada mes circulan cíclicamente hormonas que preparan al cuerpo de la mujer para gestar, y luego lo inducen a desprenderse, a través de la menstruación, «del material» que no ha sido usado. Estos ciclos de preparación – eliminación nos condicionan en todos los planos: físico, emocional y mental y hasta influyen decididamente en nuestras actividades (laborales, estudiantiles, etc.). Son indicadores de que la mujer está naturalmente mejor preparada, física, psicológica y emocionalmente, para soportar los avatares de la vida y la polaridad vida – muerte. Al ovular el útero engrosa sus paredes, preparándose para recibir un posible huevo; al no ocurrir la fecundación del óvulo, se desprende este engrosamiento produciéndose la pérdida de sangre correspondiente, con la consiguiente limpieza de la cavidad uterina. Queda así el útero preparado para la próxima ovulación. La mujer debe reaprender a respetar este movimiento con sus manifestaciones físicas, a veces molestas. Si el cuerpo acopia reservas para enfrentar la futura pérdida sin costo para la salud, ¿qué sentido tiene pelearse con la retención natural de líquidos?
Esta aceptación significa luchar contra los modelos impuestos por la sociedad, donde flacura y belleza son sinónimos, y un vientre chato es algo para enorgullecerse. Aprender a respetar también nuestros cambios de humores… ¿Cómo no comprender y aceptar que tanta hormona circulando modifica y afecta el ánimo?. ¿Porqué pretender ser lineales si somos cíclicas? Somos seres regularmente cíclicos y ¡así es nuestra naturaleza!.

Significa un esfuerzo supremo y un gran costo el pretender ser coherentes con el afuera, respondiendo a patrones socioculturales impuestos por una cultura patriarcal; nuestra coherencia debiera ser interna, tendríamos que volvernos fieles con nuestra interioridad, ahuecarnos, tornarnos receptivamente cóncavas. Con la maternidad muchas mujeres trasponen otro portal iniciático: la poderosa experiencia de gestar y dar vida. También aquí se activan hormonas específicas que van condicionando al cuerpo de la gestante para poder alojar al nuevo ser. El útero se convierte en un mullido nido para la nueva vida que se está formando, y toda la energía de la mujer está dirigida hacia allí. Desgano, sueño, hambre y una enorme necesidad de «volverse hacia adentro «caracterizan buena parte del embarazo. Será imprescindible que el futuro padre acompañe activamente a su mujer, rodeándola de cuidados y «mimos», indispensables para la salud emocional y psíquica de la pareja. Mientras que la mujer aprenderá a compartir con él, incluyéndolo amorosamente en los cambios que se están produciendo en ella. Es importante que ella no se apropie de su embarazo, porque luego tenderá a hacerlo con el bebé, y la inclusión del padre será muy difícil o imposible, pudiendo llegar a convertirse en un mero proveedor.

Hay estudios y ensayos muy interesantes sobre la tríada madre–padre–hijo, pero una síntesis posible es que la armonía de este complejo vínculo se inicia en el embarazo. Mujer y varón deben volverse el uno hacia el otro, para recibir al nuevo ser que ambos concibieron. Es cada vez más frecuente observar a las parejas jóvenes inaugurando esta nueva actitud frente al hijo; ambos comparten «codo a codo» las responsabilidades de la crianza, la madre también puede ser proveedora y la ternura ya no es su patrimonio exclusivo. En un reportaje la escritora Isabel Allende dijo que creía que su hijo era una excelente madre, refiriéndose a su actitud amorosa, solícita y tierna para con su pequeño hijo. La maternidad no está sólo referida a tener y cuidar hijos; es una expresión de plenitud y madurez de lo femenino, que también puede expresarse a través de parir arte, profesión, trabajo, y, por sobre todas las cosas, parirse a sí misma, liberándose de mandatos y condicionamientos. Es un lento y complejo proceso, que transcurre en la interioridad y se refleja en el mundo externo; lleva mucho tiempo y paciencia, constancia y dedicación, coraje y sensibilidad, esto de construirse tramo a tramo a una misma.

Muchas veces también es necesario buscar la ayuda y los espacios nutricios adecuados. Nos ubicamos ahora ante el último Portal iniciático, la menopausia.El climaterio, que comprende toda la sintomatología que precede a la menopausia, se presenta en edades muy variables, desde los 40 a los 50 años. Comienzan entonces los famosos y temidos «calores», las menstruaciones se vuelven irregulares y es imposible confiar en la periodicidad de los ciclos; el complejo sistema hormonal sufre una nueva alteración.

El proceso completo demanda varios años, hasta que los ovarios alcanzan el reposo definitivo. Mientras tanto, los «terribles calores» agobian de día y de noche. Muchas mujeres recuerdan «aquella noche» en que se despertaron con la sensación de que se había abierto la tapa de un horno ¡de fundición! sobre el plexo solar. La sensación es similar a la de un incendio interior, como si un río de fuego corriera hacia las extremidades y hacia la cabeza. Luego, de inmediato brota una transpiración copiosa que baña todo el cuerpo y se comienza a tiritar de frío. ¡Ha comenzado el principio del fin!. Del fin de la fertilidad y del comienzo de una nueva y espléndida etapa de productividad personal.

En esta etapa es fundamental prestar gran atención a las sensaciones corporales, a relajarse profundamente cada vez que el incendio comienza, y comunicarle al entorno lo que está ocurriendo para que puedan comprender y acompañar el proceso. Es necesario, además, contar con un buen médico de cabecera (mejor si es un homeópata unicista) que respete y contenga a la mujer que está cerrando el capítulo de las ovulaciones y de la fertilidad biológica. Durante la menopausia, gracias a los calores y sudores copiosos, las mujeres nos desprendemos de una gran cantidad de residuos circulantes en nuestro organismo, productos de deshecho de años de movimientos hormonales intensos. Nuestro sabio cuerpo emplea fuego y agua para hacer este trabajo: el fuego del intenso calor interno y el agua de la copiosa transpiración posterior. Si fuimos hechos a imagen y semejanza, en nuestros cuerpos late la perfección divina. Nada es casual, todas sus partes tienen funciones específicas y todos los procesos forman parte de un orden que es reflejo de un orden superior.

Entonces ¿porqué no acompañar este proceso desde la conciencia? Menstruar tampoco es cómodo, pero a ninguna mujer se le ocurriría interrumpir adrede sus menstruaciones. Entonces ¿porqué interferir externamente en esta última etapa? ¿Porqué impedirle al cuerpo que siga su senda natural. Naturalmente que hace falta encontrar al médico adecuado que confíe en la sabiduría de la Vida y que pueda acompañar sin «intromisiones» innecesarias. Luego de un «crescendo» en intensidad y frecuencia, los calores comienzan a disminuir, indicando claramente que el organismo se ha depurado. Así se revela, gradualmente, todo un abanico de nuevas posibilidades: la sexualidad puede ser más libre y gozosa porque no existe el fantasma de un embarazo no deseado; al no sangrar más podemos recuperar algo de la alegre despreocupación de la niñez; y además, ahora disponemos de un plus de energía física y psíquica que estaba volcada en nuestras hormonas. Este último portal conduce a la mujer hacia la sabiduría, la espiritualidad y el servicio. ¡Ya hemos recorrido un largo camino!, y vivido un sinfín de experiencias, por lo tanto estamos preparadas para aconsejar,comprender, acompañar y guiar a aquellas que están caminando sobre nuestras huellas, mientras nosotras transitamos sobre las de todas las mujeres que nos precedieron. Somos fruto y semilla, alegría mansa, la niña interna recuperada… danza.

Leonor Nietzschmann
Directora de Escuela de Astrología Zona Norte

1) Druidas: sacerdotes celtas. Los celtas eran politeístas y animistas, artistas y guerreros, y sumamente ritualistas.

2 ) Kybalion: compendio de sabiduría milenaria, cuyo origen se atribuye al sabio egipcio llamado Hermes Trismegisto, «el tres veces grande».

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